“Y por causa mía glorificaban a Dios”

Autor: Moisés Cayún Blanco, pastor.

Cuando Pablo relata su testimonio en el libro de Gálatas 1:24, termina diciendo: “y por causa mía glorificaban a Dios”. Y yo me pregunto: ¿es posible relatar una vida, un testimonio donde Dios sea glorificado? Y es eso lo que pretendo hacer en estas pocas líneas. 

Soy parte de una familia de siete hermanos, nacido en los años 80, cada uno podrá recordar lo difícil de la vida en ese tiempo, especialmente si vivías en el sur del país. Recuerdo que por asuntos de trabajo mis padres se trasladaron a la ciudad de Quellón, donde nació el último de mis hermanos. Para ese entonces mi mamá, aparte de cuidarnos, realizaba diferentes labores, es decir, trabajaba en las oportunidades que se presentaban; en cambio mi papá, tenía un trabajo fijo, que por lo demás era muy duro. 

Lamentablemente, no se podía optar a sueldos dignos para una familia como la nuestra, recuerdo que lo más difícil fue adaptar un galpón donde se guardaba comida para el ganado, y convertirla en nuestra casa. Después de un tiempo volvimos a Castro, nuestra ciudad, pero a vivir en una población. Por motivos de fuerza mayor, más allá de las decisiones personales de mis padres, ellos se vieron obligados a enviarme junto a dos de mis hermanos a un internado de hombres tipo Sename, ahí cursé mi enseñanza básica desde tercero a octavo básico. Todo ese trasfondo y experiencias, sin darme cuenta, fueron provocando en mí un resentimiento social, hacia todos quienes poseían más recursos, luego aquello se convirtió en rabia y violencia. En mi juventud, constantemente me vi envuelto en varias peleas muy agresivas: la rabia y el enojo alimentaban esas ganas de descargarme contra las personas, se suma a esto el consumo de drogas y alcohol, que hicieron de mí alguien que explotaba en todo lugar. 

Un día de invierno, el 22 de Julio del año 2000, cuando tenía 20 años, llega de visita un pastor de Valdivia a ver a mi abuela paterna que estaba a punto de fallecer en mi casa, a eso de la 1 de la madrugada, entré a la cocina, mi apariencia era delgada, tenía el pelo largo, todavía bajo los efectos de las drogas y nos pusimos a hablar. Me senté como pude, pero con la intención de salir rápidamente de esa conversación. En un momento le hago la pregunta al pastor y ¿qué debo hacer para ser salvo? Él me citó literalmente la cita de Romanos 10:9-10. Me sentí quebrantado, con un dolor tan profundo en el corazón porque el Señor me mostró la miseria de mi pecado. Cuando lo recuerdo, todavía me emociono hasta las lágrimas. Le respondí al pastor ¡quiero! Él tomó el paquete de marihuana, lo echó al fuego, mientras yo caía de rodillas al suelo, pidiendo misericordia al Señor. Ese día experimenté el poder de Dios en mí, sentía como Dios quemaba y quitaba toda la basura que por años había permitido dominaran mi vida, lloré con dolor, con desesperación y angustia, pero sobre todo experimenté el poder perdonador de la cruz de Cristo.

Los primeros días de cristiano fueron difíciles e incómodos, había una nueva vida, la antigua vida encontraba una fuerte oposición, pero debo decir que la vida de Cristo en mí triunfó. Ahora podía hablar con valentía del poder de Dios para cambiar las vidas más miserables. 

Comencé a leer las Escrituras y cada vez era mas grande el deseo de aprender. Con los pocos recursos que tenía, pude adquirir una Biblia de estudio y luego un diccionario. Cuando descubrí una librería cristiana quedé fascinado, pero a la vez pensando “me faltaran los recursos y la vida para poder aprender todo lo que quiero saber”, pero el Señor ha sido fiel, han pasado veintiún años y puedo decir que gozo de una biblioteca personal, con muchos libros. El Señor me ha educado, ha cambiado mi manera de hablar, el resentimiento social se fue, porque si el Evangelio no es capaz de quitar de raíz el odio, la amargura y el dolor, no es Evangelio y todavía estamos en nuestros pecados. Las personas que me conocían y veían en mí en esta nueva vida, transformada no sólo exteriormente sino desde adentro, me preguntaban ¿qué te pasó? Les contaba del poder del Evangelio “y por causa mía glorificaban a Dios”. 

Moisés Cayún Blanco es pastor de la primera Alianza de Concepción, está casado con Roxana Redel Barria, llevan 11 años de matrimonio y Dios los ha bendecido con dos inquietos hijos: Gaspar de 8 años y Guille de 6 años. Se suma mi hija Cristhel de 21 años que vive aún en Chiloé. 

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