“Nada es una coincidencia en nuestras vidas, todo tiene un fin”.

Testimonio escrito por Barbarita Volstad, fundadora Biblioteca del Seminario Teológico Alianza.

Era el último año de universidad para mí. Para graduarme ese año tendría que tomar más ramos de lo normal. Al mirar la lista de ramos que me entregó mi orientadora, uno de esos ramos era Administración de Bibliotecas.  Quedé “de una pieza” como se dice. ¿Por qué tenía que estudiar este ramo cuando yo nunca iba a necesitar esa ciencia ya que iba a ser misionera? Mi horario ya tenía ramos extra  ¿Por qué uno más? Refunfuñé.   

Compré un texto usado, el más barato por estar tan estropeado.  Cumplía con lo que se nos pedía, pero no muy bien, dándole preferencia a los otros ramos. Incluso, una vez que la profesora asignó una cierta tarea, algo difícil, y con poco tiempo trabajé con una compañera de curso, ella hizo más que yo.  Dios usó a mi profesora para enseñarme una lección: “Debes siempre hacer tu propia tarea y no copiar de tu compañera. ¿No vas a ser una misionera?”.  Eso me habló muy fuertemente.   

Pasaron algunos años y llegó el momento de ir como misionera al país designado: Chile. Cuando me fui, a los 14 años de edad, por mucho tiempo quise volver a Chile. Pero Dios me dejó varios años en Estados Unidos para que no volviera por Chile, sino por servirle a Él. Siempre supe que había vuelto porque  Dios me quería ahí, y no para darme un gusto.  Llegué vía barco a Valparaíso el 10 de octubre de 1957 y dos días después a Temuco, a la misma calle y edificio: el Instituto Bíblico. Al mismo lugar de donde salí 14 años antes. Qué bendición. 

Mi asignación fue enseñar en el Instituto. Después de varios meses me di cuenta de un armario con puertas de vidrio y cerrado con un candado muy chiquito. Adentro había unas repisas con algunos libros forrados y sin nombre, la costumbre en esos tiempos. Un día le pregunté a un estudiante qué había ahí. “Es la Biblioteca”, me respondió. Un estudiante era el bibliotecario, él tenía la llave. No le di mucha importancia, pero el Señor empezó a hacer crecer en mí un pensamiento: “Tú puedes hacer algo”. Ya habían pasado años desde que tomé  ese curso, ni tenía un texto. Además, yo tenía que estudiar mucho para enseñar los ramos asignados. Pero el Señor no se olvidó e iba creciendo en mí la necesidad de que un estudiante pudiera aprender a investigar, a añadir a su conocimiento, leer  los escritos de grandes hombres y mujeres de Dios, ampliar su vocabulario, y cuanto más que provee una Biblioteca.

En ese momento mi hermano David llegó de misionero,  y con la ayuda de él, nos lanzamos. Se abrieron por última vez las puertas del armario,  nuestro único mueble. Sacamos los libros,  y por falta de espacio, fuimos colocando los libros en montoncitos según sus temas en el piso. Los estudiantes quedaron mirando, algunos con interés, otros con asombro,   ¿Libros en el piso? Ese fue el principio de la presente Biblioteca en el año 1961. La Biblioteca que Dios nos dio, hasta el último clavo, como le decía a los estudiantes.

Luego aprendí una gran lección: Nada es una coincidencia en nuestras vidas, todo tiene un fin. Si estamos abiertos a la voluntad de Dios para nuestras vidas, si somos obedientes a lo que él nos dice y nos dejamos guiar por él habrá bendición.   Dios da bendición no solamente para uno mismo, sino para muchos. Y esta fue muy grande. Me emociona cuando pienso en todos los beneficios y bendiciones que ha sido la Biblioteca para los estudiantes, y otros que han venido de afuera para investigar, leer y en más de una ocasión, entender el Evangelio.

Cuando Dios pone algo en nuestro camino que no parece importante, o no nos guste, cuidado, cumpla, porque Dios tiene bendiciones muy especiales donde menos lo pensamos.  

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