La Suficiencia del Evangelio en un mundo fragmentado

Hace ya varias décadas, el escritor cristiano Francis Schaeffer, anticipaba que estábamos a las puertas de una sociedad fragmentada en todas las áreas del ser y del conocimiento[1]. Para verificar aquello, nos invitaba a observar el cambio producido en las distintas expresiones del mundo de las artes, como la arquitectura, la música y la pintura, a fin de notar que poco a poco, el ser humano perdía la noción de sí mismo y de su realidad, tornando la belleza y armonía en expresiones muchas veces incomprensibles. 

Esta consecuencia externa, evidenciaba al menos tres cosas que estaban ocurriendo en el corazón de la humanidad: la pérdida de la esperanza necesaria con la que deben emprenderse los grandes desafíos; la tendencia a la confusión y el caos al planificar el proyecto de vida; y la renuncia a la trascendencia anteponiendo lo finito y el ahora, como la meta de la vida. 

Sin embargo, la sociedad actual ha dado un paso más allá, pues lo que se consideraba una consecuencia negativa, ha pasado a ser parte de la normalidad, al punto de que la fragmentación del pensamiento y la vida es aceptada como una exhibición de individualismo y libertad, que debe ser defendido aún cuando atente en contra del bien común. El problema es que en una sociedad de este tipo sólo hay espacio para el “Yo”, y la vida tiende a una indiferencia donde no hay espacio para Dios, ni para el dolor y las necesidades del prójimo. Como consecuencia, el conflicto personal buscará respuestas meramente humanistas que siempre serán limitadas e insuficientes. El libro de Eclesiastés le llama a esto “vanidad y aflicción de espíritu”, o en otras palabras la necedad de intentar construir una vida centrada en “perseguir el viento” lo que sólo producirá frustración.

El evangelio de Jesús siempre confrontó las perspectivas fragmentadas del ser humano. ¿Cómo puedo heredar la vida eterna? (Mc 10:17), preguntó el joven rico hincando la rodilla ante Jesús y aseverando que cumplía todos los mandamientos, ante lo cual el Señor le responde que renuncie a su confianza en las cosas de este mundo y que le siga tomando su cruz. La crisis entre lo que el “Yo” quiere y lo que el Señor quiere es evidente en este relato. La elección del joven rico es rechazar el llamado de Jesús y seguir confiando en sí mismo, dejando en evidencia a una persona de pensamiento fragmentado: cree que Dios existe, pero quiere servirle “a su manera”. Quiere a Dios en algunas circunstancias, pero no está dispuesto a rendir su vida. 

Ante lo mencionado, nuestra primera interpretación podría ser negativa, ya que no se logró la conversión del joven rico. Sin embargo, el Evangelio es más que el resultado visible que esperamos de él, es una interpelación al corazón, es el poder que derriba la falsedad, es la verdad que destruye los intentos de manipulación, es el poder de Dios que lleva al arrepentimiento y también que obliga a un rechazo consciente, que impide que cualquier persona intente justificarse a sí misma.

En el contexto relativista del dominio romano del primer siglo, el apóstol Pablo, otro “joven rico” de pensamiento fragmentado, también fue interpelado por Jesús, ante quién cayó totalmente postrado y rendido diciendo ¿Qué quieres que yo haga? (Hch 9:6). Entonces más adelante en su vida y luego de experimentar el gozo de haber seguido a Cristo, escribió: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Fi 3:8). 

El Evangelio de Cristo siempre es poder de Dios. Entonces deberíamos preguntarnos ¿Qué evangelio estamos predicando? ¿Provoca preguntas, interpela, descubre las motivaciones del corazón, confronta con el pecado, destruye los intentos de manipulación? ¿Explica la necesidad de la salvación, abarca la totalidad del ser humano, conecta lo temporal y lo eterno, lo terrenal y lo celestial, lo espiritual y lo físico? ¿Provee el medio para comprender la realidad y da respuestas a las grandes interrogantes de la vida humana, respecto del origen, el sentido y el propósito de la vida? 

Sin lugar a duda, el Evangelio es la respuesta suficiente a la necesidad humana en todo tiempo y lugar. Por ello, no hay contexto donde no tenga cabida, ni corazón que pueda prescindir de él, aun cuando pretenda rechazarlo. La sociedad fragmentada, violenta, ambigua, individualista e indiferente de la actualidad, necesita escuchar la verdad inmutable de Dios. La Iglesia debe seguir perseverando en proclamar el Evangelio de Jesucristo y del Reino de Dios creyendo fervientemente que es suficiente en sí mismo para transformar personas y comunidades, dando testimonio de esto por medio de una vida que honre al Señor, a fin de que podamos decir con plena libertad, como lo hizo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio porque es poder de Dios, para salvación a todo aquel que cree” (Ro 1:16).

[1] Schaeffer, Francis. ¿Cómo debemos vivir entonces?: El ascenso y la decadencia de la cultura occidentales. (Michigan: Baker Publishing Group, 1976)

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