Gozo en el sufrimiento

Se puede vivir con gozo constante. 

¿Te gusta hacer planes y soñar con ellos? Creo que la mayoría de las personas, pueden esgrimir un fuerte sí (entre los cuales me incluyo),  ya que esta capacidad tiene que ver con nuestros anhelos y deseos, los cuales constantemente a lo largo de nuestra vida van cambiando, pero siempre están presentes. 

Planear nos permite imaginar cómo queremos vivir nuestro futuro, qué cosas queremos hacer y llegada una cierta edad, qué cosas pueden o no hacernos sentir “exitosos”. No recuerdo esta palabra enseñada en ninguno de los evangelios o en alguna prédica dominical, sin embargo, convivimos a diario con este concepto que nos pone estándares, la mayor parte del tiempo, altos, de cómo debería ser nuestra vida y qué deberíamos tener en ella para sentirnos exitosos.

Este término, siempre está asociado al logro o consecución de ciertos objetivos, sin embargo, si el plan se frustra o cambia drásticamente, ¿podrías seguir sintiéndote exitoso en la vida?

Probablemente no, por lo mismo, es que en vez de pensar en una vida exitosa, te invito a pensar en una vida gozosa. Quizás el cambio puede ser muy simple, y ni cuenta nos habíamos dado de la diferencia que puede haber entre estos dos términos, pero en nuestra vida de fe se produce un cambio radical cuando transitamos por uno y por otro. No digo que ser exitoso es malo,  pero que bendición es vivir gozoso/a.  La diferencia? El gozo es fruto del Espíritu Santo que vive en nosotros, por tanto, producido por Dios, inamovible en toda circunstancia de la vida (Gálatas 5:22-23).

Sabemos que este gozo nos acompaña en toda circunstancia, pero pareciese que resulta más fácil cuando las cosas van bien. Sin embargo, te coloco en un escenario diferente al que la mayoría está acostumbrado: si tuvieses que convivir diariamente con una enfermedad catastrófica o una situación de discapacidad severa. ¿Sería igual de fácil vivir en este gozo constante?

En primer lugar, debemos entender que juzgar no es una actitud que debamos tener ante una persona que siente haber “perdido el gozo”, de modo que si en algún momento vemos a nuestro hermano/a decaer por algún diagnóstico o situación inesperada de la vida, en vez de decir “hermano, tú no debes sentirte así”; escuche, abra sus oídos y corazón para que el Espíritu Santo pueda usarlo como canal de bendición. Recuerde que la Palabra dice que podemos consolar a otros con la misma consolación que hemos recibido del Señor (2 Corintios 1:4), y si bien será el Señor quien alivie el corazón quebrantado usted será el instrumento utilizado para aquella buena obra.

Por otro lado, debemos comprender que todo cambio que implique una pérdida, sobre todo, de una función o situación de vida, genera un proceso de duelo, en el cual esa persona experimentará el poder transformador del Señor, pero atravesará emociones de tristeza, rabia e incluso, tratará de negociar con Dios o la vida. Sin embargo, debemos ser los brazos que sostengan la vida del hermano a través de la oración y de mostrarle, que Jesús, nuestro sumo sacerdote, no es alguien alejado o que no sabe lo que Él está pasando (Hebreos 4:14-16), muy por el contrario, fue y es capaz de ver y comprender nuestro dolor, nuestra angustia, y aun así, amarnos.

Sepa usted también mi amado amigo/a, que hoy en día se tiene la convicción de que los seres humanos somos seres bio-psico-sociales, y por tanto, cuando una de estas esferas o áreas se afecta, ineludiblemente genera un efecto en las otras. La buena noticia es que nuestros abrazos, nuestra escucha, nuestro tiempo invertido en compartir con el que sufre, genera una reacción química, que afecta positivamente, todo el cuerpo de esa persona. De hecho, al abrazar pasan muchas cosas increíbles en nuestro cuerpo, como por ejemplo: mejorar el humor y sentir felicidad, fortalecer el sistema inmunológico, calmar la angustia a través del tacto y la sensación de ser contenidos emocionalmente.

Aun cuando el estar junto al otro puede causar bienestar y estimular en nosotros el amor y las buenas obras, hay muchas personas que tienen el anhelo de ser sanados físicamente. Sabemos que Dios tiene el poder de hacerlo, pero si en su situación no ha sido así, no se sienta atribulado o culposo de ser un “mal cristiano”; ¿por qué lo menciono? Porque muchas veces se han dicho frases como: “quizás Dios no te sana porque no estás pidiendo bien” o “quizás no estás pidiendo con fe”; sin embargo, para todos los que nos hemos preguntado por qué Dios no sana a alguien teniendo el poder de hacerlo, sepa y confíe en 3 cosas:

  • Él tiene un plan, y sus pensamientos son más altos que los nuestros y por tanto, siempre sabrá qué es mejor para nosotros (Isaías 55:8-9),
  • Dios anhela que su gloria sea manifestada al mundo y la situación que está viviendo puede ser el vehículo de Dios para ello (Juan 9:3)
  • La gracia de Dios te mantendrá día tras día y si aún en nuestra debilidad Él quiere perfeccionarnos damos Gloria a Dios (2 Corintios 12:9), porque nuestro paso por este mundo es temporal, pero nuestra eternidad, con cuerpos renovados, es con Él (Filipenses 3:20-21).

Si hoy en día, estás pasando una situación como esta, no cometas el error que cometió el profeta Elías: no huyas y trates de resolver todo solo/a. Aún en el Edén, cuando todo era perfecto, Dios vio que para el ser humano es importante tener con quién compartir su vida, y mucho más cuando las cosas se ponen cuesta arriba. El enemigo tratará de convencerte de muchas cosas, te susurrará  que es mejor que no “molestes” a otros con tus “problemas”; que si eres un “verdadero cristiano” no deberías sentir pena o temor e incluso, que quizás tu situación no es tan grave como la de otras personas. No obstante, a Dios le importas tú y nunca ha perdido el control.

Su Palabra nos enseña que aún en momentos difíciles, es bueno gozarse en compañía. ¿Recuerdas a Pablo y Silas en prisión, después de ser azotados? No imagino el lugar como cálido o acogedor y claramente uno podría pensar en que Dios se había alejado, pero ellos cantaban alabanzas, oraban  y se gozaban en esto (Hechos 16:25). De la misma manera, hoy en día, este fruto del espíritu puede ser producido en nosotros, para lo cual Dios no nos pide que seamos perfectos pero sí quiere que vivamos aprendiendo a confiar en Él, en toda circunstancia.

Como iglesia ofrendemos el tiempo para estar con los que sufren, porque Dios es claro, “Gócense con los que se gozan y lloren con los que lloran” (Romanos 12:15), y expresemos así el amor de Dios a toda persona, para que independiente de la situación, podamos vivir regocijados diciendo: “Te amo, oh Jehová, fortaleza mía, Jehová roca mía, y castillo mío y mi libertador. Dios es el que me ciñe de poder y quien hace perfecto mi camino”    (Salmos 18:1,2ª,32)

Por Karen Yagode, miembro 1ra Iglesia Puerto Montt

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