Enseñando una visión bíblica de la adoración a Dios

ESCRITO POR PASTORA WILMA BUSTAMANTE

Así dice el Señor: «El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me pueden construir? ¿Qué morada me pueden ofrecer? Isaías 66.1

Isaías 66.1

Revisando nuevamente la vida del rey David hay algo que me sobrecoge al hacer la lectura. David un muchacho de humilde corazón es elegido por Dios para gobernar la nación. La característica más elogiable y reconocible en él para llevar adelante esta función es el temor a Dios y su profunda fe en Él. Este hombre conforme al corazón de Dios después de años en el reinado y habiendo construido su hermosa casa, anhela hacerle también un lugar de adoración más elegante que el tabernáculo. No obstante, porque fue un guerrero y cometió graves errores en su vida personal no podrá realizar la obra, pero si lo hará su hijo Salomón. Después de una profunda conversación con Dios, dónde el Señor pone las cosas en clara perspectiva, se le entrega el diseño para la obra. Quiero detenerme ahora en la conversación. Dios por medio de Natán habla a David:

“Si el cielo es mi trono y la tierra es estrado de mis pies, ¿podrían acaso construirme una casa? Nunca he vivido en una casa. Siempre fui de un lugar a otro con una carpa y un tabernáculo como mi morada. Y Salomón también  dirá, ¿pero es realmente posible que Dios habite en la tierra?” 2 Samuel 7

Hay algo que David y Salomón no alcanzaron a descubrir en la imagen del tabernáculo. El tabernáculo era movible, no estático, acompañaba a su pueblo por donde fuera. Siempre era visible a todas las tribus y se podía apreciar aún la labor de los sacerdotes y levitas en él.

Evidentemente Dios quiere aclarar a esta familia que no es necesario un lugar material para manifestar su presencia y destilar gracia sobre su pueblo. Hay un anhelo genuino en el corazón de esta familia de reyes, no obstante, en este aspecto le ha faltado la revelación de quién es Dios. Es posible que viendo los altares paganos que se destacaban por su belleza y concentraban en un solo lugar la adoración de sus seguidores quisieran también ellos tener un lugar más digno y más elevado para su propio Dios.

Hay algo que David y Salomón no alcanzaron a descubrir en la imagen del tabernáculo. El tabernáculo era movible, no estático, acompañaba a su pueblo por donde fuera. Siempre era visible a todas las tribus y se podía apreciar aún la labor de los sacerdotes y levitas en él.

Dios en su misericordia le otorga el anhelo a David concediéndole los planos, pero Salomón realizará la obra magnífica, sello de su inteligencia y sabiduría. Sin embargo, con los años vemos el resultado de aquellas cosas que surgen sólo de nuestros buenos anhelos y no de Dios. Israel se centra en el templo, dispone aún de sus bienes y corazón para su construcción.

Hay celebración en el día de su inauguración, pero a través de los años, el pueblo comienza a adorar más el templo que al Dios para quien lo construyeron. Incluso el rey Ezequías exhibirá su grandeza material frente a aquellos peregrinos, extranjeros que finalmente destruirán el símbolo del poder israelí, su templo.En estos tiempos de pandemia donde hemos sido impedidos de reunirnos en nuestros edificios de adoración ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos en relación a la verdadera adoración a Dios? ¿Transmitiremos como David a Salomón una visión errada de lo que se necesita para adorar a Dios? ¿O les hemos enseñado el ministerio del tabernáculo? Dios siempre presente, un Dios que se mueve entre los hombres, del cual siempre que te dispongas a salir de tu carpa puedes contemplar su Gloria.

Ciertamente, Dios no vive en edificios construidos por los hombres, Él siempre ha deseado habitar en lo más profundo del ser humano, donde se define su esencia, su pensar, su querer. Busca adoradores que han aprendido a caminar cada día como Abraham el peregrino, delante del rostro de Dios, viviendo en integridad y bondad entre las personas.

Terminando su ministerio terrenal, Jesucristo vuelve a recordar al religioso Israel que viene un día donde la gloria del templo material desaparecerá y quedarán solo piedras en recuerdo de lo que fue (el muro occidental), pero Él, tabernáculo de Dios entre los hombres, continuará siempre presente por medio del Espíritu Santo morando y viviendo con su pueblo.

Queridos hermanos, que las nuevas generaciones comprendan que el Dios que adoramos no necesita un lugar físico de adoración, él siempre buscará nuestros corazones. Un corazón íntegro, que a pesar de sus debilidades, siempre entrará a la presencia del Dios invisible donde encontrará gracia para el oportuno socorro, más aún en estos día tan convulsionados. 

Nuestra unión con Dios es espiritual y no material. Al igual que la comunión con nuestros hermanos es espiritual y no material, nuestra unión radica en que hemos sido unidos a Cristo y nos reunimos en torno a su nombre y no al templo. Tal vez pronto podamos volver a reunirnos como iglesia en un espacio físico común, que hermoso reencuentro, pero recordemos que nuestros afectos exceden un espacio físico limitado, se extienden por medio del espíritu y se hacen presentes en el saludo, en la preocupación constante por el otro, en la oración intercesora, en la ayuda mutua.

Por último hay un concepto definido por los profetas y recordado en los evangelios,  la Casa de oración es una casa de oración para todos los pueblos. Que nuestros hogares sean ese lugar de encuentro, de fortaleza espiritual y emocional que tantos hermanos extranjeros precisan encontrar. Que nuestros hijos, independientemente de la edad (nietos, sobrinos) entiendan que los hogares que estamos construyendo deben ser un lugar de acogida y esperanza para todos los afligidos y necesitados. El Dios invisible que adoramos se hace visible hoy en este mundo por medio de la Iglesia, familias que han aprendido la verdadera adoración. Vidas que aman, sirven y se guardan del pecado.

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