El llamado de Dios según lo indican las Escrituras

Cuando los cristianos preguntan acerca de la vocación (o “llamado”), por lo general nuestra inquietud tiene que ver con: “¿Dios me está llamando a un trabajo, profesión o tipo de trabajo en particular?” Ésta es una pregunta muy importante, porque todo  trabajo que hacemos es importante para Dios. Si el trabajo es importante, tiene sentido preguntarse qué trabajo quiere Dios que hagamos. 

En 1861, el joven Albert Benjamin Simpson ingresó al Knox College, que era el seminario presbiteriano asociado con la Universidad de Toronto, y allí comenzó a estudiar para el ministerio. Simpson pidió permiso a sus padres para perseguir lo que él había llegado a creer que era el llamado de Dios a su vida. 

Muchos personalmente pueden testificar del llamado a sus vidas. Ciertamente, el llamado al ministerio es el latido mismo del cristianismo, las pulsaciones de Dios se evidencian cuando Dios llama. El apóstol Pablo afirmó que “todo el que aspira al oficio ministerial desea una buena obra” (1ª Timoteo 3:1). Como tal, un llamado al ministerio no es una alternativa vocacional para los cristianos. 

Un llamado al ministerio de tiempo completo puede incluir los siguientes elementos:

  • 1. La convocatoria general: Invitación pública. Aquí es donde todos están llamados a tomar la cruz de Cristo y embarcarse en una vida de discipulado, escuchando y haciendo la Palabra de Dios con arrepentimiento y fe, etc.
  • 2. La llamada secreta: Convicción privada. Ésta es la persuasión o experiencia interior por la cual una persona se siente convocada o invitada directamente por Dios para emprender el trabajo del ministerio de tiempo completo.
  • 3. La llamada providencial: Afirmación personal. Ésta es la seguridad que se obtiene mediante la guía divina de su vida en todas las circunstancias y al equipar a una persona con los talentos necesarios para el ejercicio del oficio.
  • 4. La llamada eclesiástica: Confirmación institucional. Esta es la invitación que una institución de la iglesia extiende a un hombre o una mujer para que participe en el ministerio de tiempo completo. 

¿Por qué Dios llama a la gente? 

Cristo llamó a los discípulos, los entrenó y los envió a hacer otros discípulos de todas las naciones (Marcos 3:13-14; Mateo 3:13; 28:19,-20). Por lo tanto, uno debe encontrar a Cristo antes de poder predicarlo y presentarlo. La llamada se anula si no se vive una relación personal con el que llama. Solo una persona crucificada puede dar testimonio de un Cristo crucificado. Este es el punto en el que el llamado a ser cristiano se vincula con el llamado “interior”: La convicción interna de que Dios lo está invitando a seguir Su camino, renunciando a los demás. 

Para muchos cristianos, el llamado de Dios es visto como el acto de poner la mano en el arado y no soltarlo (Lucas 9:62). Es un llamado al ministerio que compromete la vida entera (Isaías 6:11). Ante aquello, cualquier inclinación por el ministerio no debe convertirse en un impulso momentáneo o una fascinación temporal por los honores externos que puedan acompañar a la posición de un pastor. Más bien, debe ser el resultado de una búsqueda agonizante y en oración ferviente. Sin esa respuesta de Dios pronto se desvanecerá el mero enamoramiento por la posibilidad de un ministerio público. Tampoco es una opción después de que los intentos de cumplir con otras carreras hayan fracasado. Esa experiencia de llamado personal será un baluarte para la supervivencia cuando las cosas se pongan difíciles; en tiempos de crisis solamente la convicción del llamado de Dios nos mantiene en pie. 

La base de todo descansa en que el ministerio cristiano es ante todo un llamado divino, de esto tenemos evidencia escritural. Tanto bíblica como históricamente, un hombre o una mujer de fe puede, a través de la comunión personal con Dios, sentir una compulsión interior para ingresar al ministerio cristiano. Pablo dice que Cristo le extendió el llamado al ministerio (1ª Timoteo 1:12-15). Él estuvo seguro de su llamado y por lo mismo no pudo evitar responder (Gálatas 1:15-17). Isaías dijo: “¡Ay de mí! Porque estoy perdido; porque soy hombre inmundo de labios”. Entonces escuchó al Señor decir: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” Fortalecido por el pensamiento de un toque divino, Isaías respondió: “Aquí estoy, envíame”. (Isaías 6:5-8). 

Si el Señor te llama, no conocerás descanso hasta que respondas a Su llamamiento. Jeremías dijo: “Hay fuego en mis huesos y no puedo abandonar” (Jeremías 20:9).  La necesidad de que uno se sienta obsesionado por su llamado surge del propósito del llamado al ministerio. 

Sobre el llamado de Dios AW Tozer dice: “El llamado de Dios es siempre hacia algo mejor, ¡téngalo en cuenta! Dios nos llama a las alegrías y la realidad de la vida eterna. Él nos llama a la pureza de vida y espíritu para que podamos caminar aceptablemente con Él. Él nos llama a una vida de servicio y utilidad que le da gloria a sí mismo como Dios. Él nos llama a la comunión más dulce posible en esta tierra: La comunión de la familia de Dios. Si Dios nos quita el billete de un dólar viejo, arrugado y estropeado que agarramos tan desesperadamente, es sólo porque quiere cambiarlo por toda la casa de la moneda federal, todo el tesoro. Él está diciendo: “Tengo guardados para ti todos los recursos del cielo. ¡Sírvete tú mismo!”. 

En el análisis final, el ministerio auténtico es presentarnos a nosotros mismos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). Una vez que estemos seguros de nuestro llamado, lo que queda es entregarnos al Señor y confiar en que Él se hará cargo del resto en términos de capacitación, oportunidades de servicio y éxito.

Posiblemente, algunos de ustedes han recibido el llamado de Dios y no lo han respondido; para su propia angustia. Y, como Jonás, sus vidas han estado plagadas de turbulencias, sabemos el final de la historia, solo encontraremos la paz cuando dejemos de huir del llamado de Dios. Entonces, ¿por qué escapar del llamado de Dios? ¡Mejor ni lo intente!

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