El ADN de la Iglesia: la adopción

AUTOR: PASTOR MIGUEL ANGEL RIVERA

Quiero dedicar este breve artículo a quienes vinieron a mi mente como un asalto de emociones gozosas, y de quienes he revivido sinnúmero de historias hasta las lágrimas. A Cristina, que el enviudar, aceptó vivir en casa por 14 años; a Paola, Alejandro, Alex, Rudy y Maricela, por ser hijos y amigos, jóvenes conversos que consideraron ser parte de nuestra familia; a Erika, quien una noche de marzo de hace más de 20 años atrás, tocaba la puerta de nuestra casa solo buscando al pastor para entregar su vida a Dios, y que sin tener donde vivir, fue nuestra huésped por 5 años; a Werner, amado discípulo, quién desconocido, había orado en Valdivia “Señor, dame un pastor”; su nuevo trabajo quedaba a dos cuadras de nuestra casa, y dije “le preguntaré a Ivonne (mi esposa)…” y te ofrecimos nuestro hogar… amado, fuiste uno de más “en la casa”; a Mical, compañera de mi hija mayor, que con gran esfuerzo viajaba desde la cordillera para llegar a clases a la hora, no pudimos pensar más rápido “quédate en casa todo el tiempo que necesites” y fuiste una hija más por toda la educación media; a Tamara y Katherine, Camila y su madre Miriam, y a Ema y sus hijas Angie y Solange. Dejé para esta altura a La Feña (Fernanda) que después del divorcio de sus padres a muy temprana edad, desorientada y sola, comió de nuestra mesa y durmió, como una hija, junto a las nuestras. Tanto fue eso que tuve que derribar una muralla para unir dos dormitorios y hacer uno. Hasta hoy, “solo llegas…no traes pijama, ni toalla ni cepillo de dientes ¿para qué? ¡si esta es tu casa!”. Finalmente, a mi hermano Ramiro, que de dos meses de edad, fue adoptado por mis padres, para ser mi hermano menor; y a mi sobrina Maribel, quien fue adoptada siendo bebé, para ser hoy una madre de dos hijas. ¡Ambos rescatados!

El tema de reflexión es la adopción, una decisión que tiene tres componentes esenciales: hogar, padres y amor.

Hogar. Es el diseño de Dios para la expansión de su imagen, que los seres humanos formarán familias y en ello, hogares conforme a su imagen y semejanza. Multiplicarse implicaba tener hijos, reflejos de su carácter y actitudes, lo que permitiría y aseguraría una correcta administración de la Creación divina. El mundo está completo y en buenas manos con Hogares. 

Padres. Si sólo hubo la intervención divina para crear los primeros seres humanos, ahora esta bendición estaría en manos de sus criaturas quienes, por el poder creador, darían a luz nuevos seres humanos que, a su vez, tendrían esa misma prerrogativa. La sentencia repetida por Moisés, nuestro Señor Jesús y Pablo que dejará el hombre de su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y llegarán a ser un solo ser (Gn. 2.24; Mr. 10.7-9; Ef. 5.31) destaca irrefutablemente que es la voluntad de Dios y su Plan eterno, que hombre y mujer formen un hogar para ser padres, tal cual es la imagen de Dios infundida.

Amor. La nobleza humana es explicada desde muchas fuentes y por innumerables caminos, como una insondable característica que promueva las más altruistas causas, moviliza naciones o imparte pan y leche a un anciano, en lo minúsculo de una calle perdida y casa sin número, de un barrio marginado. Inclusive el egoísmo trata de ese amor a sí mismo, que busca lo suyo a costa del otro. Todo gira en torno al amor.

Sabemos que el pecado golpeó dura y mortalmente este diseño; las constantes peleas entre esposos basadas en el deseo de control de la esposa y la imposición tirana de ellos sobre su cónyuge (Gn. 3.16), la infidelidad (Prov. 5.1-21) y la torpe entrega a la falta de sabiduría (Prov. 2.1-21) nos muestra lo nefasto del pecado y su frontal ataque a la estructura basal de todo el diseño divino: la familia. Todo radica allí: amor, salud, protección, vínculo, seguridad, educación, vocación, trabajo y futuro matrimonio. Es que sabe satanás que el corazón caído, lejos de Dios, ignorante y, la negligencia parental, son las mejores tierras para la orfandad y el abandono. Tantos que no pueden vivir de maneras que les lleven a bien, necesitan redención. La adopción trata de esto, de regresar al Hogar.

¿Qué tiene que ver esto con los cristianos? ¿y con la Iglesia? ¿y con mi hogar y familia? Pablo dice que el misterio escondido desde siglos antiguos se ha venido a manifestar en esta era, para ser administrado por los hijos de Dios (Efesios 3.1-11,) Tan grande es este misterio que aun los principados y potestades demoníacas quedarán pasmados, al ver su manifestación y cumplimiento y palpar su propia humillación y sentencia. El misterio es Cristo y su cuerpo en la Tierra, que es su Iglesia. Es ésta la que, como una Familia, traerá al mundo la bendición de buscar y salvar lo que se había perdido (Lucas 19.10) Si Abraham había sido sombra de este propósito (Gn. 12.3) hoy La Iglesia y las iglesias por todas partes, son como hogares para atraer a sí mismo, a toda alma perdida que clama por un hogar, por hermanos y por padres, y recibir la bendición.

Los que han leído mi libro-estudio Los Hogares Iglesia, una didaché sobre la Familia de familias, habrán comprendido que el ADN de las comunidades proclamadoras contiene elementos similares a las de una familia, y por ello, pueden ser hogares a la imagen de Dios. Con esto quiero decir que las iglesias y los cristianos pertenecemos más que a una institución, a un ministerio de reconciliación que va más allá de alcanzar personas con El Evangelio para vida eterna; más bien, mientras eso acontece, somos llamados a adoptar a todos quienes vagan por el mundo sin padre y madre, sin orientación y destino, con necesidades profundas o con sólo una circunstancial y momentánea carencia o necesidad de apoyo. Esta adopción puede ser tanto espiritual como también materializada en la hospitalidad, asunto que está en el centro de las iglesias de Cristo. 

Hemos llegado a un punto crítico y final; si ya hemos asimilado que nuestros hogares son clave para las Iglesias, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a abrirlos para que lleguen allí personas desconocidas y necesitadas. Digámoslo de otra manera, si no estamos dispuestos a abrir nuestros hogares, no seremos verdaderamente, hogares/iglesia.

Como se habrá dado cuenta, mi visión de adopción es eclesiológicamente centrada y por lejos, algo meramente institucional. En esa práctica, la hospitalidad es esencial para que la adopción se ejecute. Tener una persona en mi hogar es, bajo el misterio de Cristo y sus iglesias, hacerla parte de mi familia. Hospitalidad es más que invitar a comer o alojar una noche o dos; hospitalidad es adopción familiar, en la Familia de Dios. 

Dejaré el desarrollo de La Hospitalidad para otro artículo, pero por lo pronto resumamos que los hogares cristianos tenemos un origen, desarrollo, propósito y destino ya definido por Dios, de tal forma que los que llegan a ser parte de uno de ellos, deben estar seguros que ese hogar les proporcionará el camino, la verdad y la Vida (Jn. 14.6). De cómo lo hagamos dependerá cómo ellos vivirán su jornada y en eso no hay sorpresas pues los hogares cristianos cuentan con padres, hogar/iglesia y La Biblia, la Palabra de Dios. ¡bienvenidos a transformar tu hogar en un hogar-iglesia y tu vida en el evangelio! Quienes vivan en tu seno, te lo agradecerán. 

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