Dios: el dador de vida

ESCRITO POR PASTOR ARMANDO RECIO DOMINGUEZ

Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos.

Romanos 14:8

En el principio Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza y los comisionó a multiplicar esa imagen que habíamos recibido. Tristemente el ser humano desobedeció y así entró el pecado al mundo y con él la muerte; a partir de ese momento comenzamos a proyectar una imagen distorsionada de Dios, una imagen minada por el pecado, la desobediencia y la muerte.

En la sociedad actual son cuestionados los valores fundamentales de la vida humana y especialmente la cultura influye en el modo de considerar el sufrimiento y la muerte que a veces presuponen problemas de carácter moral y ético. Es por ello que se preguntan si tienen el derecho de procurarse a sí mismos o a sus semejantes, «morir con dignidad», lo que sería más conforme con la dignidad humana.

La muerte siempre ha sido un estigma para la humanidad, y como es inevitable, han tratado de «aliviar» sus efectos, especialmente al tratar de mitigar el sufrimiento como «el derecho a una muerte digna» (Blanco, 1997). Al hablar de este derecho, muchos autores entienden que éste incluye el derecho a disponer de la propia vida mediante la eutanasia o el suicidio médicamente asistido, como la libertad individual o autonomía del paciente. (Taboada, 2000). 

La palabra eutanasia se deriva del griego ευ (eu), «bien», y θαναιος (thánatos), «muerte». Por tanto, significa una muerte sin trauma ni dolor. En el uso contemporáneo se refiere a la práctica de «matar por misericordia», en la que se facilita la muerte a personas que sufren de una enfermedad incurable y extremadamente dolorosa. También fue usada para dar muerte sin dolor a quienes no satisfacían las exigencias de la sociedad como las personas en situación de discapacidad. Sin embargo esta práctica ha sido condenada por teólogos como Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer y Emil Brunner, calificándola de usurpación del derecho soberano de Dios sobre la vida y la muerte. (Taylor, 1984) (Dereck, 1973).

La mente moderna encuentra dificultad en reconciliar el conocimiento previo que Dios tiene de nuestras vidas con la verdadera libertad de elección que se deja al hombre. En Salmos 139, las Sagradas Escrituras nos hablan de la Omnisciencia de Dios y debería ser suficiente proclamar que Dios está en control de toda nuestra vida, y así encontrar consuelo en la idea de que nada toma a Dios de sorpresa. Sabe el futuro que nosotros ignoramos y por lo tanto puede guiarnos en los caminos no trazados si estamos dispuestos a seguir su liderazgo. (Price, 1970)

El apóstol Pablo nos orienta a no juzgarnos por situaciones o acciones que no son trascendentales para nuestras vidas, pero en el contexto particular del versículo 8, contempla la verdad de la responsabilidad del creyente ante el Señor. “Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Para esto mismo murió Cristo, y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los que han muerto como de los que aún viven”. (Ro. 14:7-9).

Algunos suponen que estos versículos significan exactamente que nuestras acciones afectan a nuestro prójimo, y aunque es verdad, en este contexto el significado más pertinente es que los cristianos vivimos en relación a Cristo y con Cristo y que ambas, nuestra vida y nuestra muerte son para el Señor y nada en la vida o en la muerte puede separarnos de Él (Ro. 8:35-39), puesto que al venir a este mundo como propiciación por nuestros pecados, con su muerte y su resurrección, se hizo Señor así de los muertos como de los que viven. Por consiguiente, cualquiera que sea el estado en que nos encontremos — vida o muerte—, Cristo, nuestro Señor, es nuestro propietario y espera que actuemos en obediencia a Él. (Greathouse W. M., 1970)  (Moo, 2011)

La vida es un don de Dios, y la muerte es ineludible; es necesario, por lo tanto, que nosotros vivamos en plena certeza que somos de Cristo, Él nos rescató de nuestra vana manera de vivir (1Pe. 1:18), nos dio vida eterna y aunque es verdad que la muerte pone fin a nuestra existencia terrenal, también abre el camino a la vida inmortal, sin ignorar que dicha vida eterna la comenzamos a vivir desde que somos sellados por el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1: 13). 

Nuestra vida y nuestra muerte está en las manos del Señor.Él es el que nos da la vida y también el que la quita. Por eso, debemos prepararnos para este acontecimiento a la luz de nuestra fe, estando convencidos, como nos enseña Ro. 14:8   Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos.

Start typing and press Enter to search